En el día de ayer, la colectividad judía del Uruguay rindió homenaje a la memoria del querido Prof. Manuel Tenenbaum (Z`L). En la ocasión, el Dr. Israel Creimer, orador del acto, recordó diversos aspectos de su trayectoria, destacando su bonhomía y sapiencia. Dejamos copia de una carta leída públicamente de la señora Raquel Catran.
Nos acostumbramos a estar del otro lado y a venir a escuchar las sabias palabras de Manuel, Mandel, Z’L, que todos recuerdan con distintos sentimientos y que nos guió y nos enseñó, a nosotros y a generaciones pasadas y presentes.
Hoy es él que nos escucha, desde otra dimensión, pero seguramente dichoso porque enaltecemos su memoria.
En primer lugar, le pido perdón a mi querido Manuel y a todos ustedes por no sentirme suficientemente fuerte, porque la emoción me traicionó, y no tuve fuerzas para comparecer a un homenaje de esta magnitud. Y luego les agradezco a todas las instituciones en la persona de sus representantes y a todos los que individualmente están aquí para compartir mi dolor y desear de alguna manera prestarle un homenaje.
Todo lo que voy a decir no se va a referir a lo material, al trabajo maravilloso que hizo junto a jóvenes y adultos, en ciudades, países y regiones, en historia y en la defensa de Israel. Lo que verdaderamente importó fue la manera como trataba a los otros, independiente de su posición o fortuna. Para él siempre hubo palabras de comprensión y solidaridad. Y es bueno recordar sus virtudes, entre las cuales la primera, su humildad, pero la justicia por encima de todo, la bondad inherente, las buenas acciones.
Si Manuel conquistó una posición social por mérito propio, esto nunca lo dejó más vanidoso y a bien decir huía del Kavod. Pero su corazón ardía de deseos de defender al oprimido, sea una persona, sea nuestra tierra, Israel, que conquistamos con tantos sacrificios y muertes y que él con efusión, pero también con intelecto y bases históricas, quería ver bajo la soberanía del pueblo de sus antepasados.
Manuel tenía pocos amigos. Sus verdaderos amigos, además de los libros, eran las comunidades, especialmente la de Montevideo y la de Buenos Aires, y nunca pensó dos veces para aceptar una invitación cuando era llamado para aclarar posiciones, dictar una charla o ayudar a resolver un problema político.
No habría espacio para citar todo lo mucho que hizo. Y él siempre quería más.
Habiendo perdido las familias de sus padres en la Shoá, decidió que la venganza se haría defendiendo a cada judío, donde estuviera, no mediante la espada, sino la palabra. Cualquiera podía enamorarse de Manuel cuando lo escuchábamos disertar. Y no fueron pocas estas oportunidades. Le molestaba la ignorancia de los hechos, y diseminó con su don de la oratoria, los conocimientos que fue adquiriendo hurgando bibliografías y escritos de todo el mundo, que en su mayoría leía en los originales. De esto sí tenía orgullo, de su vasta biblioteca, y de su legado a la posteridad.
Y aunque todo esto sea muy importante para mí, lo que quiero decirles ahora es la falta que nos va a hacer y la tristeza que dejó con su súbita desaparición física.
Tengo mucha fe. Y creo absolutamente en la eternidad del alma. D’ios nos incumbe con determinadas misiones cuando el alma y el cuerpo se unen para su jornada en la tierra. El cuerpo es finito. Un día el alma lo abandona. Y vuelve a su lugar de origen al lado del Todopoderoso. El alma sí, es eterna, y solo sufre por no tener más el cuerpo para ayudarla a hacer mitzvot.
Aunque racionalmente entiendo esto, en mí se instaló un gran vacío y vamos a extrañar mucho sus buenos consejos, su mirada cariñosa, sus elogios sinceros, su amor al prójimo. Para elevar su alma más y más solo la oración, la tzedaká y las buenas acciones que hagamos en su nombre aquí en la tierra.
Esto lo dejaría feliz: que sigamos su senda en la vida judía y en lo personal.
Muchas gracias.